Te beso y llueve
con esa calma que trae la niebla
que oculta los cristales
y confunde a las sombras
con las sombras de los caminos de la noche.

Con tu voz en mi voz
somos nadie, un brote de Luna
abrazado a la luz del pensamiento
de un instante en la piel
oculto en la trinchera de lo invisible
y transitorio.

Una caricia para sentirte;
pon tu dedo en mi boca, aquí,
en la escarcha que hiela mi lengua
y amordaza al azul
en su carrera al ocaso.

Pon tus labios en mis labios,
donde el silencio los une
siempre lejos de la certeza
de la oscuridad
y de su herida insomne.

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